Sobre el fin del mundo y tres obras

Este será un post más personal y menos “académico”, más propio de mi antiguo blog que del actual. Algunas veces uno tiene que escribir cosas así.

Da la casualidad que en 24 horas terminé de leer Reportajes de Joe Sacco (sin duda el mejor reportero “gráfico” que existe actualmente en el mundo, aquí una probadita del libro), retomé y leí un par de capítulos de Eating Animals de Jonathan Safran Foer y vi la película 4:44 de Abel Ferrara. Aunque aparentemente no tienen nada en común, lo cierto es que las tres obras ponen de manifiesto una crítica a la condición humana, un llamado de atención y, de alguna forma, un acento pesimistamente informado sobre nuestro destino (ya se sabe, los pesimistas son optimistas bien informados). Continue reading

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El poder de la imagen

La semana pasada estuve en un congreso sobre métodos (de investigación) visuales. La charla inaugural estuvo a cargo de Claudia Mitchell. Ella habló de su trabajo en África y cómo, con algunos ejemplos de campo, las imágenes hechas por jóvenes, habían logrado “transformar” algunos de los graves problemas de su cotidianeidad (la falta de seguridad en los baños escolares, la violencia sexual contra las mujeres, etc.) al ser vistas por las autoridades que tomaban decisiones. Otra de las cuestiones ampliamente discutidas en el evento fue la ética de la investigación con imágenes; el derecho a la privacidad de los informantes, la responsabilidad que tenemos, como investigadores e investigadoras, de salvaguardar su integridad, etc.

Justo al final de la semana, recibo tres o cuatro correos preguntándome “si había visto el video del metro”. Preocupado por no entender de qué hablaban, busqué lo que había pasado en la famosa estación de Balderas (de la que cantaba Rockdrigo), vi el video de principio a fin y el horror iba creciendo en mi mientras la cámara se mantenía impasible, inmóvil, frío testigo, ventana del drama.

Mientras que por un lado se discute ampliamente la postfotografía, la muerte de la función indexical de la imagen y la imposibilidad de su uso para la (re)presentación de la realidad, por otro lado, las cámaras de videovigilancia van creando una memoria de lo cotidiano (de sus muchos horrores y sus pequeños placeres): el video de la chica ecuatoriana golpeada por un estúpido en un tren en Madrid, este otro grabado en el DF, una golpiza en Alemania. En fin, una larga lista de “éxitos de youtube”. Una colega que vive en Nueva York me contaba que muchas tiendas están colgando en la pared las fotografías de personas robando, extraídas de los videos de vigilancia, en una especie de “galería pública del desagravio”. Si todas las imágenes de las CCTV pudieran estudiarse, los que hacemos investigación visual quizá tendríamos otra visión del mundo.

Si bien es cierto que los medios tienen (o al menos dicen que tienen) códigos deontológicos, la verdad es que mostrar escenas de cámaras de “seguridad” en la pantalla del televisor o el monitor de tu propio ordenador es como darte una dosis de terror sin anestesia alguna y en cantidades industriales. Una imagen RAW de la realidad en alta resolución. Me pregunto ¿dónde queda la privacidad de la persona que es asesinada? Que su intento e intención haya sido heroica ¿basta para que sus hijos, sus nietos, sus amigos, su familia, tengan que retener en sus retinas y sus memorias estas imágenes para siempre? Estas imágenes nunca pasarían un comité de ética para presentarse públicamente en un congreso. Sin embargo, los medios las amplifican de una manera estruendosa y estremecedora, la combinación de videovigilancia y omnipresencia mediática nos habla de que la imagen, como índice, esa que estaba muerta, dista mucho de estarlo, en todo caso, ha sido apropiada por los poderes para su propia conveniencia. Ahora bien, me pregunto (y quiero pensar) el que hayamos visto estas imágenes, como sociedad ¿nos hará cambiar algo en nuestra vida cotidiana? Espero (por nuestro bien), que, como en los ejemplos con los que inicié; Sí.