El “fotógrafo” de la playa

Lo pensé mucho, por un lado estoy haciendo una tesis al respecto y por supuesto que como dato, lo que vi me resultó por demás interesante. Pero por otro lado, es difícil mantener cierta distancia cuando se ven estas cosas. La historia es que el finde pasé por la Barceloneta y atrás de mi estaban dos chicas muy atractivas haciendo topless (cosa por otro lado de lo más normal). Después de darme un chapuzón de buena fe (porque seamos sinceros, el agua se ve limpia pero aguas vemos, contaminaciones no sabemos), me di cuenta que un señor se había puesto atrás de mi, cerca de las chicas pero a sus espaldas y les estaba tomando fotos con su móvil. Aunque lo hacía con cierta discreción (ponía el teléfono cerca de su mochila de manera que no era evidente lo que hacía), desde mi perspectiva podía observarlo perfectamente. Total que decidí ponerlo en evidencia y fui yo el que le tomé una foto a él. Abiertamente, me acerqué, se la tomé, me vio cuando lo hacía y regresé a mi lugar. Minutos después, el señor este se iba y las chicas no se enteraban de nada. Seguramente el tipo tiene su colección, ya sea personal o en la red y, nuevamente los debates sobre la imagen y la privacidad se detonan. De cualquier forma, me pareció que lo menos que podía hacer era “exponerlo” y subirlo aquí.

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Sobre unos niños, la foto y una pantalla

Estuve unos días en Angahuan, México, haciendo el “scouting” para el documental de una amiga catalana junto con el compa Enrique. En una mañana fotogáfica, encontramos a unos niños que divertidos nos hacían muecas. Nos acercamos a tomarles fotografías (aquí una de ellas):

Purépechas II

Después de una o dos fotos, les llamó la atención que viéramos la cámara. Lo notamos y nos acercamos a enseñarles la pantalla. Su sorpresa y encanto fue tal que a partir de ahí, y por unos 20 minutos, su juego consistió en posar y ver el resultado en la pequeña pantallita de nuestras cámaras. Haciendo cosas y caras cada vez más audaces y estrambóticas. Observarlos fue un ejercicio por demás interesante por varias razones pero principalmente por la relación entre “actuación” y visibilización (¿material?) de dicho performance. Otra vez, esto no es nada nuevo, muchos fotógrafos cargaban con una polaroid en sus viajes para darle una foto a la persona que fotografiaban, un poco por respeto, un poco como reconocimiento. Sin embargo, el observarlos viéndose y probando cosas nuevas, casi en “tiempo real”, me dio muchos elementos para pensar la relación entre rapidez (temporalidad), materialidad (pantalla) y performatividad (elementos que darían en conjunto una práctica, la de fotografiarse-verse-posar-ajustarse-fotografiarse. Práctica sobre la que hemos escrito bastante pero que, al menos yo, nunca había observado tan claramente como con esos chavitos que quizá nunca habían visto una cámara digital. Me encanta mi trabajo de campo:

Imagen, vigilancia, control y exhibicionismo: Del panóptico a las redes sociales.

(extracto de una ponencia que presentaré en septiembre en el Congreso Español de Antropología).

Dentro de las múltiples problemáticas que presenta una investigación de este tipo  ( sobre las prácticas de fotografía digital) me gustaría centrarme en este artículo en la discusión sobre la relación entre la imagen, su uso como forma de vigilancia, y por ende de control, y sus posibles implicaciones en la investigación etnográfica. En últimas fechas dicha relación está retornando con fuerza a la agenda de investigación debido a la emergencia de las tecnologías digitales de la imagen: webcams, teléfonos móviles con cámara, cámaras de fotografía y video digitales, así como las plataformas llamadas redes sociales (Flickr, Facebook, Youtube, etc.). Así como la compleja relación que se establece al ponerse en marcha estas redes sociotécnicas. El debate retoma las ideas sobre una sociedad de vigilancia (Foucault, 2004) o una sociedad del control (Deleuze, 1972). Por un lado se propone que la ubicuidad de la imagen, especialmente desde la masificación y “domesticación” de la imagen digital en el ámbito familiar y personal, sumado a la potencial difusión que tienen las imágenes en las redes sociales, ha llevado a que las pesadillas del Big Brother y el Panóptico, se mezclen con la “sociedad del espectáculo” (Debord, 1983). De esta forma, el control (o disciplinamiento) ha pasado; de interiorizar la vigilancia y “modular” el comportamiento con relación a la misma, a hacer de la exposición y exhibición pública una nueva forma de control de la subjetividad. Un segundo debate que resulta pertinente y en conexión con el anterior es la crisis que parece haber entre lo que tradicionalmente se ha considerado público y/o privado. Esta dicotomía se ve retada igualmente en algunos de los fenómenos más recientes que involucran prácticas con las tecnologías mencionadas. Diversos autores analizan este escenario desde perspectivas muy diversas. Sin ánimo de establecer un meta-análisis ya que no es el interés de este texto, se establece un panorama general, a manera de prolegómeno, sobre dicha discusión. Continue reading “Imagen, vigilancia, control y exhibicionismo: Del panóptico a las redes sociales.”

Un niño en la playa: sobre las fotografías, su temporalidad y función.

Cuando era niño, una de las actividades preferidas de la familia, especialmente los fines de semana, era proyectar diapositivas con fotos de la familia en sus viajes, sus cumpleaños o sus ocasiones especiales. Un poco más tarde, en mi adolescencia,  mi madre me torturaba en mis fiestas de cumpleaños apagando las luces y llegando con el proyector para que mis amigos “disfrutaran” viendo a su colega vestido con un casco, de karateca o apagando las velas en el mismo día unos años antes (la práctica termino cuando, en una fiesta de cumpleaños, uno de mis amigos, al ver una foto de toda mi familia, comenzó a tararear el tema de los locos Adams mientras los demás colegas chasqueaban los dedos). Cuento la anécdota porque hace poco mi madre se dio a la tarea de escanear aquellas diapositivas que son el pequeño repositorio de las memorias de mi niñez (y la de mis hermanos y la de toda la familia y amigos) y me di cuenta de una cosa. Todas y cada una de esas imágenes las conozco, no sólo porque las he visto cientos de veces sino porque en esas tardes de domingo, cuando se proyectaban sobre la pared, se contaban infinitas historias, se rememoraban anécdotas y situaciones referentes a la imagen, se analizaban los elementos “ese traje de baño lo compramos en tal sitio” o “en esas vacaciones fue cuando se ponchó la llanta” (pinchó la rueda para los españoles). De esa manera, la imagen se convertía en un referente “material” del imaginario (¿un imagenario?) social y el grupo se cohesionaba alrededor de él (cuestión más que dicha por Bourdieu, Chalfen, Van Dijk, etc.). Lo que me llama la atención es que, con la tecnología digital, la explosión de imágenes, la cantidad de ellas, su uso cada día más cotidiano, la fotografía parece estar cada vez más, libre de esos referentes más amplios. Que podría tener como consecuencia que tenga menor capacidad de ser “emuladora material de vivencias” y que pase a fungir más como un “espejo” en el que nos observamos una vez para mirarnos un momento y cuya imagen será olvidada en cuanto llegue la posterior. La relación entre temporalidad, subjetividad, mirada y dispositivos es algo que debo explorar más. Y bueno, para el beneplácito del personal al que le gusta ver cosas graciosas, heme aquí disfrutando de la playa en aquél Guayabitos de mi niñez (por aquello del verano). Cualquier comentario en torno al porte del autor de esta enchilada, si es positivo, puede anotarse en los comentarios, si es negativo, mejor abstenerse. Por cierto, esto me detona otra reflexión en torno a la privacidad-intimidad, ¿Qué pasaría si por ejemplo un ped er asta (lo escribo así para que Dios Google no lo pille) pasa por aquí y ve la foto? Interesante asunto.

Fotografía digital y fotologs: un par de notas

Ahora resulta que ya no es cuestión de capital cultural, social o económico, ahora es cuestión de capital de bits. Al menos así parece apuntar Cyril Zimmermann, presidente de fotolog.com, en una entrevista con El País. Literalmente dice: “Al principio creíamos que era por una cuestión de medios, de ancho de banda. Que Fotolog era la red social del pobre y YouTube, la del rico”. Más adelante, apunta que: “La realidad es que todos sabemos hacer fotos, pero no todos sabemos hacer vídeo. Hoy las fotos se hacen hasta con el móvil.” y concluye que “En Internet cuelgas fotos de tu vida personal, de lo que ves, de lo que quieres compartir.” y señala que la mayoría de las fotos de fotolog, están hechas con el móvil. Es decir, no importa la calidad tanto como el contexto de uso.

Curiosamente, en otra nota del mismo diario, se habla de los datos en torno a la venta de cámaras digitales: “El sector fotográfico español facturó en abril 50.000 euros en cámaras y 8.246 en tarjetas de memoria.”. Donde también se apunta que “Las cámaras digitales, si son compactas, se renuevan cada cuatro o cinco meses” y termina diciendo que, como las cámaras reflex están bajando de precio, están comenzando a competir por una parte del mercado. Si lo combinamos con la noticia anterior y la penetración de los móviles con cámara, podemos suponer que, al menos en España, el uso de las cámaras digitales permea a una gran cantidad de personas. Y por otro lado, cada vez es mayor el uso de plataformas en Internet para el uso y distribución de dichas fotografías. Parece que mi tesis adquiere pertinencia.

Los besos como proceso de remediación cultural en Internet

La historia comienza cuando un día, de esos que no tengo nada interesante que decir, colgué un post con dos fotos de besos (de una “acción-social” de marketing de conocida empresa barcelonesa de ropa en donde se invitaba a la gente a besarse en una plaza pública). La segunda parte viene cuando me di cuenta que dicha entrada era la más visitada de mi blog y puse un post semireflexivo sobre ello. Desde hace unos días, las visitas a esta humilde enchilada han caído en franca picada y, después de echarle un ojo con lupa a las estadísticas, me di cuenta que ya nadie entraba al blog buscando la palabra “besos” en Google. Entonces, la busqué yo mismo para ver los resultados y cuál fue mi sorpresa al ver que, efectivamente mi foto seguía en segundo lugar pero ya no era la dirección de este blog a lo que enlazaba sino a otro blog (a un space para ser políticamente correctos). Ahora bien, movido por la curiosidad, seguí buscando “mi” foto y me la encontré, en un blog más e incluso en una versión corregida y aumentada en otro. Ahora bien, lo que me resulta interesante de la anécdota es, por un lado la “remediación” (reciclaje cultural podríamos llamarle), pero por otro lado cómo, mediante no sé cuáles mecanismos (léase Google y sus algoritmos), el tráfico, que originalmente se dirigía a mi sitio, ahora se dirige a otros. Es fabuloso (seamos sinceros, seguramente esos sitios tienen más que ofrecer para los que buscan “besos” que lo que puede ofrecer este blog pseudo-académico). Y la historia podría escribirse en clave de economía política en donde, ante los procesos de copia y uso de objetos digitales, en tiempos de Google, la presencia y el “éxito”, se van trasladando con la renovación de dichos objetos. Interesante porque por otro lado, ultimamente he leído muchas historias de cómo personas están utilizando fotos de Flickr (tomadas por otros) para hacer negocios, por aquí hay una pista sobre la reproducción de la “obra de arte” en la era digital.

Una rubia, en un restaurante árabe, con su móvil

Estaba cenando ayer en un restaurante árabe del Eixample cuando, en la mesa que estaba a mi derecha, llegó y se sentó una rubia de unos veintimuchos. Portaba un vestido ceñido con estampado setentero de tonos ocres, unas medias, casi de invierno, color café y unos discretos aretes que hacían juego con su maquillaje sobrio pero presente. Llegó sola y era evidente que esperaba a alguien. Un par de minutos más tarde, sacó un móvil de su bolsa y comenzó a ver las fotos que estaban guardadas en la memoria. Como yo estaba sentado de manera que ella me daba la espalda pero en diagonal, podía observarla perfectamente. Después de dar una vuelta por todas las fotos que tenía en su móvil (un nokia n73 de carcasa roja), puso la cámara delantera (ese móvil tiene una de mayor calidad detrás y una para videoconferencias donde está la pantalla) y se tomó una foto con cara de aburrida, después se la envío por un MMS a alguien. Siguió jugando con la cámara, tomándose fotos a sí misma y a las cosas de su mesa. Un rato más tarde, llegó su acompañante, un “chico de gimnasio” con camiseta apretada (como no) y bronceado perfecto. Se saludaron y pidieron comida como para un regimiento (de la cual sólo comieron la mitad). Él cogió el teléfono que ella había dejado sobre la mesa y, mientras llegaba la comida, comenzó a tomarle fotos a ella, luego ella le tomó fotos a él. Casi no hablaban, su interacción se basaba casi por completo en el mirar a través de la pantalla, fotografiar y luego comentar, mientras se intercambiaban de manos el teléfono, el resultado de las fotos. Cuando llegó la comida, él volvió a coger el teléfono y le tomó fotos a todos los platos mientras ella le pedía que le mostrase las imágenes. Así, mientras uno comía, el otro fotografiaba, esto duró unos minutos y luego dejaron el teléfono y comenzaron a comer ambos, dejaron de sonreír tanto. Antes de levantarme de mi mesa, noté que en la mesa de detrás de ellos, había 2 parejas que comenzaban a tomarse fotos con el móvil….

Para que luego alguien me diga que por qué hago una tesis sobre prácticas de fotografía en la vida cotidiana 😉