Sobre una amiga, una fotógrafa.

Para Ana, por ser una fotógrafa en toda la extensión de la palabra

Hoy vi una luz que nunca había visto. No es una metáfora, acostumbrado como estoy a que en éste, mi nuevo país, la luz sea un bien escaso, me llamó la atención la luminosidad del día y la temperatura de la luz. Era blanca, casi como si el sol se hubiera transformado en un neón gigante. El rojo de los ladrillos, de los edificios que se pueden ver desde mi departamento, era aplastado por esa luz, como si estuvieran dibujados sobre un fondo blanquecino. El cielo perdió su azul acostumbrado y se tornó blanco. No hacía falta mirar el termómetro, mientras ondeaba la bandera británica que puedo ver desde mi ventana, el frío se pegaba a las ventanas de manera amenazante y esa luz me pedía mirarla. No había tenido un buen despertar y había decidido quedarme trabajando en casa, era uno de esos días en que “mandaría todo a hacer puñetas”, como diría Aute.

Y recibí un correo, y lo abrí.

No hay nada baladí en la vida, acostumbrados como estamos a tenerla a nuestra disposición y convertirla en una sarta de triunfos y quejas, de consumos y hedonismos, de esperanzas en lo imposible y de cegueras ante lo evidente, solemos perder el rumbo. Y de repente va la vida y nos toca en el hombro, y nos dice: “hey, chst, ojo, que aquí estoy y más te vale que te des cuenta pronto de lo que realmente es importante”. Continue reading “Sobre una amiga, una fotógrafa.”

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Interludio

La primera ciudad que pisé en este lado del mar fue Madrid, y no sé por qué pero de ese primer día recuerdo la primera cucharada a un gazpacho que, aunque racionalmente que su temperatura era fría, me disgustó precisamente por su temperatura. Hay cosas frías que no tendrían que parecer calientes. En esos primeros meses que “viví” en España, entendí poco y me sorprendió mucho. Años más tarde volví y me quedé a vivir siete años y medio, llegué a adorar el gazpacho, precisamente por su frialdad. En ocasiones son los pequeños detalles los que recordamos y los que echamos de menos de los lugares que nos han marcado. Hoy simplemente recordé ese primer gazpacho, y al sol que lo parió.

Me despido de estos dos países, España y Catalunya, después de una pequeña vida aquí. Los números están por ahí y los agradecimientos por este tiempo tan largo, maravilloso, confuso, interesante y duro también se han plasmado aquí y allá. Ya me despedí en su momento de los dos años que pasé en Madrid y no sé cómo empezar a despedirme de esta ciudad que he odiado y aprendido a hacer mía en todo este tiempo.

Barcelona

Son muchas cosas que echaré de menos, el aliño de las ensaladas, el pan duro de los menús, los menús, el falafel y el cortado, el catalán en las canciones, el Raval y Sants, Gracia y el Born. Las Ramblas espantosamente llenas y la Barceloneta maravillosa vacía (en invierno). El Floridablanca y su pareja perfecta el Laurel, la estrella, la voll Damm y la Moritz, los vinos del Montsant, los amigos y amigas, los que quedan y los que se fueron. El “adeu” el “maco” y el “propera estació paral.lel”. Al Barça por supuesto, al cielo azul y el cine de Montjuic. A la única hamburguesa del Kiosco que podía comer, los dos o tres buenos restaurantes vegetarianos, las muchas patatas bravas. Echaré de menos el verano aunque tanto lo haya sufrido, al IN3 (aunque usted no lo crea), a los sortidozz y el Bicing, al Sifón, al Quimet y Quimet. A la calle Blai, la Paradeta y todos los bares cutres en los que me he tomado un café o una birra. Pero sobre todo echaré de menos las partes de mi que se quedaron aquí, las pocas cosas que me llevo conmigo. Si siempre hay un tren que desemboque en Madrid, este petit pais estará siempre en el meu cor. Continue reading “Interludio”

Nota sobre la visualidad, la fotografía y los asesinatos

En la película Antes de la lluvia, un film que me causó un especial impacto en su momento, el personaje que interpreta Rade Serbedzija, un fotógrafo Macedonio afincado en Londres que regresa a su tierra a cubrir el conflicto para la prensa, aburrido de que no pasara nada digno de fotografiar, le expresa su consternación al líder del grupo armado con el que está pasando tiempo. Acto seguido, el líder manda traer a un prisionero y lo ejecuta delante del fotógrafo para que tenga algo que fotografiar.

Ya he adelantado algunas preguntas, más que reflexiones, a propósito de un incidente en el metro de la Ciudad de México.

El otro día hubo un tiroteo en Nueva York y una colega me apuntó al hecho de que habían aparecido en Instagram algunas imágenes sobre el hecho. Más allá de la reflexión que se pueda hacer en torno al llamado periodismo ciudadano y cómo los ciudadanos que se encuentren cerca de hechos noticiosos podrían, con la ubicuidad de los teléfonos con cámaras (y ahora conexión a Internet), convertirse en reporteros, mi interés se centra en la relación entre lo visible y lo fotografiable.

Estamos generando una nueva relación con lo visual en donde todo es fotografiable, aun más, pareciera que todo debe ser fotografiado y ahí radica un cambio que habría que seguir. Habría que elaborar una genealogía de la visualidad documentada y generar una discusión ética sobre ello, especialmente porque Internet está, cada vez más, posibilitando -y me atrevería a decir, canalizando y generando- que esa visualidad documentada se convierta, a través de los algoritmos de búsqueda, en una base de datos “total” (en el sentido Goffmaniano de “institución total”). Y me preocupa porque, a diferencia de un reportero gráfico que está cumpliendo con su deber de informar, a pesar de la dificultad que tienen de ser testigos de situaciones humanamente terribles (no se pierdan esta interesante nota de The Guardian al respecto), la idea de que todo debe ser fotografiable, mezclada con el hecho de que las plataformas de redes sociales basan su dinámica en el éxito y reconocimiento “social”, pueden hacer que las cuestiones éticas pasen a segundo plano. Esta cuestión no tiene que ver con una moralina o una censura de las imágenes per se sino con algo más profundo sobre lo que deberíamos reflexionar como sociedad, porque quizá algún día, alguien se aburra de no tener nada que fotografiar y subir a su instagram.

 

 

 

Sobre el fin del mundo y tres obras

Este será un post más personal y menos “académico”, más propio de mi antiguo blog que del actual. Algunas veces uno tiene que escribir cosas así.

Da la casualidad que en 24 horas terminé de leer Reportajes de Joe Sacco (sin duda el mejor reportero “gráfico” que existe actualmente en el mundo, aquí una probadita del libro), retomé y leí un par de capítulos de Eating Animals de Jonathan Safran Foer y vi la película 4:44 de Abel Ferrara. Aunque aparentemente no tienen nada en común, lo cierto es que las tres obras ponen de manifiesto una crítica a la condición humana, un llamado de atención y, de alguna forma, un acento pesimistamente informado sobre nuestro destino (ya se sabe, los pesimistas son optimistas bien informados). Continue reading “Sobre el fin del mundo y tres obras”

Sobre Balzac y la vida en las fotografías

En un texto elaborado por Felix Nadar, éste reflexionaba sobre la “teoría de los espectros” de Balzac, cito textualmente (mi traducción):

De acuerdo con la teoría de Balzac, todos los cuerpos físicos están hechos completamente de capas de imágenes fantasmagóricas, un número infinito de pieles como hojas que se encuentran una sobre la otra. Dado que Balzac creía que el hombre (sic) era incapaz de hacer algo material de una aparición, de algo impalpable, es decir, crear algo de la nada, él concluía que cada vez que le hacen una fotografía a alguien, uno de las capas era removida del cuerpo y transferida a la fotografía. Exposiciones repetidas traían como consecuencia la inevitable pérdida de las subsecuentes capas fantasmales, esto es, la misma esencia de la vida.

Me llamó la atención y lo lanzo en forma de reflexión metafísica porque en tiempos de facebook e instagram, pareciera que lo que sucede es precisamente  lo contrario. La vida “digital” parece requerir un transvase continuo de estas “imágenes fantasmales”, de la vida cotidiana, a las plataformas donde se ponen en juego las subjetividades. He visto perfiles de Facebook con más de mil imágenes en la que aparece el dueño o dueña del perfil. De hecho, estos perfiles en los que se ve un mayor movimiento, son los que parecen más “vivos”. Quizá Balzac tuviera razón a medias y no es que con las imágenes se pierda la esencia de la vida sino que actualmente, a través de ellas, es como se puede transferir la vida a Internet.

Fábula de una cámara encontrada en Navidad

En estas vacaciones, tirada debajo de los asientos de la pequeña sala de proyección de un museo, encontramos una cámara fotográfica. Aunque el primer pensamiento es el de que en cualquier momento llegará el dueño, o la dueña, buscándola desesperadamente, al no suceder, el segundo pensamiento es el de devolverla. El tercer pensamiento sin embargo, más siniestro pero interesantemente humano, es el de pensar que es preferible que quede en manos de un enamorado practicante de la fotografía que en las de un guardia de seguridad que no le dará el uso adecuado. Debatiéndome entre el lado oscuro del pensamiento y la corrección política de lo cívico, decidí mirar las fotos, en una búsqueda poco leal de pistas sobre la naturaleza de quien había poseído, hasta que la dejó ahí, desvalida, la cámara. En mis adentros, con cierto patetismo, pensé: “si aparece un tío con cara de skin head y rodeado de cruces gamadas o una mansión llena de autos lujosos, la cámara quedará en buen resguardo de un uso ideológico peligroso o de alguien que no la valorará como es debido”. Sin embargo, para mi sorpresa, me encontré cientos (literalmente) de fotos de una familia normal, casi podría decirse de cualquier familia. Una mamá, un papá, y dos hijos pequeños, recorriendo un camino rural en bicicleta, saludando alegremente a la cámara, un árbol de navidad con regalos, una casa bonita pero nada suntuosa, el papá posando tímidamente con un monumento de fondo. Las fotografías que encontré, y aquí inicia mi reflexión, seguramente valían más, para esa familia, que la cámara misma que se puede comprar, con un poco (bueno, no tan poco, era una cámara buena) de dinero , en cualquier local. Sobra decir que regresé la cámara a las oficinas esperando y deseando que la familia, legítima dueña, no estuviera también de paso por la ciudad y pudiera recuperar sus recuerdos de esa navidad (porque podría apostar lo que fuera a que no habían descargado las fotos de la cámara desde hacía meses).

Ahora bien, dos reflexiones son las que subrayo para trabajar: Continue reading “Fábula de una cámara encontrada en Navidad”