De películas, simulaciones y mediaciones

Hace poco Facebook cumplió una década de existencia. Para “celebrarlo” muchas personas cayeron en la tentación que les puso la plataforma de elaborar la “película de su vida”. Hay infinidad de cosas que podrían comentarse al respecto (por ejemplo que es curioso cómo Facebook se atribuye el papel de “punto de paso obligado” para los recuerdos y la memoria. Y al hacerlo busca alinearse, mediante un simple código, con el álbum familiar y otros dispositivos sentimentales).

No han tardado en surgir parodias, “hacks políticos” o, mi favorita, la película que se burla de la misma película de Facebook al mostrar su falta de “realidad”. Una de las cosas que me parece sumamente interesante (y lógica por otro lado) es que esa “película de la vida” se basa casi en su totalidad en imágenes; las más exitosas, las primeras, las “importantes”. Hace unos días me encontré con el proyecto de un fotógrafo en Nueva York que fotografiaba a personas desconocidas entre sí en posturas que corresponderían a personas que comparten una gran intimidad. Si uno observa únicamente las imágenes, sin tomar en cuenta el proceso del que son el resultado, es evidente que lo que queda reflejado ahí nos hace pensar en la conexión que pueden tener las personas fotografiadas. Las imágenes mienten, claro está, pero lo que me interesa es cómo la configuración de esas mentiras no radica en la imagen en sí misma sino en nuestra lectura sobre ellas (por eso es tan curioso conocer cómo se hicieron).

Y seguí pensando. En mi Facebook no aparecen ni las personas más importantes ni los momentos claves de mi vida. Por ejemplo una y uno que acaban de cambiármela para siempre. No hay una sola imagen que me muestre siendo parte de ello. En mi caso al menos la vida se juega en otras arenas, mi vida no será televisada. Una explicación, que entiendo como lógica, es que cuando uno está viviendo de verdad no tiene tiempo –ni interés– en mostrarlo al mundo, pero otra explicación plausible, por la que me pregunto aquí, es que la forma en la que estructuramos nuestros perfiles parece cada vez más una simulación en términos de Baudrillard (y no tanto una performatividad en términos de Goffman). Lo que realmente me preocupa es el camino inverso y es algo que ya planteaba Bauman cuando proponía que las relaciones humanas se parecen cada vez más a los chats en donde para terminarlas basta con un click. Tan fácil como cerrar una ventana, tan sencillo como nunca más pulsar un “enviar”.

Y mientras que por un lado se discute el derecho al olvido en el mundo digital, por otro lado lo digital parece hacer cada vez más fácil desconectar, apagar; clausurar relaciones humanas,  tal como apuntaba Bauman. O peor aún, que las relaciones humanas son crecientemente una mera simulación, Y ni la película de Facebook es lo que la vida es en realidad ni la realidad parece ser ya otra cosa que una película de ficción. El papel de la imagen es fundamental en este proceso porque suele combinarse con otro dispositivo muy potente, la imaginación (y reitero, el nombre de este blog no es casual).

Y yo cada vez pienso, parafraseando a Manu Chao, que todo es mentira en este mundo, incluso la verdad.

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